No entramos en tus planes

“Heteronormatividad” es un término relativamente nuevo. Al escucharlo, muchos ni siquiera sabrán a qué se refiere. “Un nuevo invento de los gays para quejarse de lo mal que dicen que les tratamos”, pensarán otros. Pero lo cierto es que “heteronormatividad” es un término que llevábamos mucho tiempo necesitando. Un término que pone nombre, por fin, a esa opresión invisible pero latente en nuestra sociedad.

Como dice Hannah Witton, una joven YouTuber británica especializada en educación sexual, la heteronormatividad no es tan solo una creencia. Es una manera indocumentada e institucionalizada de mantener marginados y oprimidos a grupos sociales que ya lo están. No se puede decir más claro.

La heteronormatividad está presente incluso en las acciones más cotidianas y simples que podamos imaginar. Pongo un ejemplo: si le preguntamos a un chico si tiene novia y nos dice que no, asumimos directamente que está soltero. Difícilmente vamos a imaginar que esa respuesta se debe a que, en vez de novia, tiene novio. A esto se le llama heteronormatividad.

No entremaos en tus planes
Bandera LGTB alzada a favor de los derechos del colectivo.

Esta construcción opresora puede manifestarse de distintas maneras. Por ejemplo, en los roles de género. Nazcamos chico o chica, parece que nuestro futuro ya está establecido. Los chicos tienen que ser masculinos, hacer cosas de chicos, y sentirse atraídos por chicas. Y las chicas tienen que ser femeninas, hacer cosas de chicas y sentirse atraídas por chicos. El sexo con el que nacemos parece determinar nuestras vidas. Y esto es cosa de la heteronormatividad, de todas las normas que se han ido estableciendo en la sociedad con el paso del tiempo y que tanto daño hacen ahora.

Aunque en menor medida, se sigue relacionando el color azul con los chicos y el color rosa con las chicas. Sigue habiendo deportes “masculinos” como el fútbol o el boxeo y deportes “femeninos” como el ballet o la gimnasia. En las series y películas, nos siguen presentando la historia de amor entre el machirulo de turno y la chica tímida y frágil como la historia ideal que todo el mundo desea.

Porque, hoy en día, la heteronormatividad establecida hace que nos sigan queriendo dóciles y sumisas. Incluso algo tan abstracto como los olores parecen tener género. Con solo oler una colonia, sabemos diferenciar perfectamente si es de hombre o de mujer.

También en la sexualidad de las personas está presente la heteronormatividad. La heterosexualidad es vista como la orientación sexual que nos viene por defecto. Por ello, al no ser que alguien nos diga lo contrario, siempre asumimos que es heterosexual. Estoy segura de que todos los que tenemos una orientación sexual diferente hemos tenido que soportar comentarios tipo: “Ala, qué fuerte, no sabía que eras homosexual. ¡No me lo habías dicho!”. Vamos a ver, ¿acaso me has dicho tú que eres heterosexual? Pues eso. Ni que tuviésemos que incluir la orientación sexual en nuestra presentación: “Hola, soy Adriana, tengo 20 años y soy lesbiana. Encantada de conocerte”.

El hecho de preguntar a los niños si ya tienen novio (en el caso de las niñas) o si ya tienen novia (en el caso de los niños) también es heteronormatividad. De por sí, esta pregunta ya resulta un tanto repulsiva. Son solo niños, ni siquiera saben qué supone tener pareja. Pero aún resulta más repulsiva cuando ni siquiera se les pregunta por la opción de que puedan tener una pareja de su mismo género. No vaya a ser que con preguntas de este tipo los niños se vuelvan gays. Porque, según parece, si los niños observan conductas homosexuales, cuando sean mayores lo serán. Por eso es que yo, que llevo toda la vida viendo parejas de género opuesto tanto en televisión como a mi alrededor, soy ahora heterosexual. Ah, no.

El sexo también se ve afectado por la heteronormatividad. La penetración tiende a verse como la única práctica sexual existente. Por ello, si no hay penetración no hay sexo. Y aquellas que no han sido penetradas, siguen siendo vírgenes. Vamos, que las lesbianas no follamos nunca y seremos vírgenes toda nuestra vida.

Vamos ahora con la identidad de género. La identidad de género es aquello que cada uno siente en su interior. Una persona puede sentirse hombre, mujer, ambas cosas, ninguna de ellas o algo entremedio. Sin embargo, esto es algo que la heteronormatividad no contempla. Tus genitales van a definir tu género. Si tienes pene, eres un hombre. Si tienes vagina, eres una mujer. Y ya está. No hay más opciones.

Si alguien tenía dudas de qué es la heteronormatividad, esto es heteronormatividad. Es una opresión constante, que se camufla en acciones cotidianas, simples, en comentarios socialmente aceptados y que resultan comunes, porque todos los hemos escuchado y/o realizado alguna vez. Por eso es tan peligrosa. Porque está tan normalizada que no la vemos. Pero la heteronormatividad aprieta, y ahoga. Y lo peor: nos afecta a todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir a la barra de herramientas