La magia del teatro

No tiene unas dimensiones predeterminadas: puede ser grande y lujoso con un techo cóncavo. Las palcos pueden envolver este espacio, y los materiales y elementos de construcción y decoración, identificarlo; pero también puede ser pequeño, sin techo, al aire libre y con pocas butacas, porque lo que importa es lo que ocurre encima del escenario. Sobre su suelo se apoyan decorados que pueden tener una significación total –o nula- con la obra, pero también puede no haber nada material. Silencio. Ese decorado significante, insignificante o el silencio envuelven a los actores y actrices en una capa que les permite transformarse en el personaje que interpretan. Lo difícil empieza después, cuando el actor mira hacia el público y, entonces, acaba de comenzar una nueva y única obra de teatro.

Aitana Sánchez-Gijón, antes de que comience una función, mira con emoción cada teatro en el que actúa, el lugar en el que se ha convertido en su segunda casa. “Para mí el teatro es un templo sagrado, pero laico. Necesitas la complicidad del público para que lo que ocurre encima del escenario, que sabemos que no es verdad, sea cierto. Ese acuerdo hace que todos decidamos viajar e imaginar juntos”, explica.

Para Elena Rivera, su compañera en la función La vuelta de Nora –la segunda parte de La Casa de Muñecas-, la riqueza y la magia del teatro están en la conexión que ella consigue crear con el espectador. Antes de empezar una obra, respira y cierra los ojos; en ese momento se imagina que está representando la función a una única persona del público. Ahí está la magia del teatro, en que entre el actor y los asistentes haya una energía especial.

Aitana Sánchez Gijón y Elena Rivera en la presentación de La Vuelta de Nora

Algunos espectadores, al finalizar la obra, acuden a la “puerta de los actores” del Teatro Principal de Zaragoza para poder reunirse con los intérpretes. Los más fans, solo esperan un beso y una foto. Los aficionados y amantes del teatro reciben a los actores con una mirada que, según Aitana Sánchez-Gijón, es “brutal”. Al terminar la obra “La Vuelta de Nora”, una espectadora, que al principio quiso callar, reconoce: “Han conseguido que me meta en la obra. He entendido por qué Nora abandonó a su marido y a sus hijos”. Pero también los hay, y son mayoría, los que se niegan a responder alguna pregunta y empujan para llegar lo antes posible al actor para fotografiarse con él. Aquí, Nora, debería volver a dar un portazo.

La ilusión por subirse a un escenario no depende ni de la edad, ni del género y, ni mucho menos, del tiempo que llevas en el teatro. Carlos Hipólito explica entre risas que empezó a dedicarse a las artes escénicas cuando “el teatro todavía era en blanco y negro”. Hipólito también tiene una enorme trayectoria en la televisión y en el cine, pero las artes escénicas le dan algo que los otros géneros no tienen: “El teatro es el lugar en el que el actor se siente más dueño de sí mismo. Cuando haces un trabajo para el cine o la televisión, delante de una cámara, tú un día terminas tu trabajo y luego ese material es manipulado por un montón de manos.”, manifiesta.

Aitana Sánchez-Gijón afirma, además, que cada función es irrepetible. Aunque la realicen cada día, la magia y lo impredecible del teatro hacen que cada obra sea única. Antes de comenzar una actuación, los actores tienen que concentrarse y encontrarse a sí mismos para poder transmitir y llegar emocionalmente a los espectadores. El guion es el mismo; pero las sensaciones y las emociones siempre serán diferentes.

– Todos los espectadores tienen que saber –dice Carlos Hipólito- que cada obra es única. Hay días en los que un actor está más contento o más triste, y esto influye en la función.

La emoción de Carlos Hipólito cuando habla del teatro es palpable. Durante la rueda de prensa de su obra, Copenhague, algunos asistentes –aficionados y periodistas- no podían quitar la sonrisa de su cara ante las palabras de Hipólito. No deja de ser una exposición informal, pero cuando algo te llena, las palabras siempre salen solas. “Para mí, el teatro es vida”, reconoce.

Carlos Hipólito en la presentación de Copenhague

El teatro te obliga a que haya una comunicación permanente con el espectador. Sabes cómo empieza la obra, pero nunca cómo va a acabar. “En un espectáculo, una vez se cayó una lámpara y claro, tuvimos que parar para comprobar si había habido algún herido. Otra vez, un espectador se empezó a encontrar mal y se desmayó; tuvimos que avisar a las asistencias médicas”, recuerda. Esto, sin duda, hace que el espectáculo sea algo vivo. El actor tiene que estar pendiente de lo que está ocurriendo en el escenario, pero también de lo que pasa entre el público y lo que los asistentes piensan. Esto es por lo que muchos actores se dedican al teatro, por ese control de la realidad; pero otro de los aspectos que seducen al actor es la capacidad de emocionar y de hacer sentir.

Quizás, conmover es lo más difícil, pero, sin duda, también lo más satisfactorio. “Yo trabajo como actor para conseguir salir a un escenario e intentar conmover a alguien, que se emocione, o bien a través de la risa, o del llanto. En el teatro si hay un silencio emocionado del público, tú lo notas. Es un feedback que te da una sensación de felicidad muy grande”, reconoce. Para otros profesionales, como Elena Rivera, aparte de crear una conexión especial con el público, lo que más le llena es conocer a los espectadores. “A mí me han visto crecer –por Karina, su papel en Cuéntame cómo pasó- y siempre me reciben con mucho cariño. Por eso, también me gusta devolverles ese amor”, explica.

Más allá de que el teatro sea un espectáculo y un entretenimiento, también es una forma de liberación para ambas partes, tanto para el actor como para el espectador. “Cuando era pequeño tuve muchos problemas en el colegio. Un día, un profesor se me acercó y me dijo: ‘Te voy a llevar al teatro’. No puedo decirte que a partir de ese momento de pronto fui feliz, pero sí me ha ayudado mucho”, explica un joven espectador.

Pero para los que están ahí arriba, para los responsables de conmover y revolver emociones en los espectadores, el teatro también es terapéutico. “Yo siempre digo –aporta Carlos Hipólito- que los actores tenemos el psiquiatra gratis. En el teatro podemos sacar la parte oscura que todos tenemos dentro. Trabajamos con nuestra vida emocional, y nuestro sistema nervioso se pone en marcha. Los actores somos un poco esquizofrénicos. Yo salgo muy liberado después de realizar cualquier obra”.

Esta es otra razón por la que Carlos Hipólito se dedica al mundo del teatro. La televisión y el cine también tienen rasgos liberadores, pero la magia del directo, la conexión de las miradas del espectador y del actor en el teatro hace que todo sea único. En este sentido, explica que el teatro y las actuaciones de cantantes (en directo, sin playback) pueden compartir la magia, la inocencia y la conexión con el público. “Una vez, al terminar una función un espectador se me acercó y me dijo: ‘Hacía tiempo que no salía de casa porque he pasado un mal momento personal, y esta es la primera vez que salía’. Ahí me di cuenta de que todo valía la pena. Esto vale más que cualquier premio que tenga en las vitrinas”, reconoce emocionado. 

Y es esa liberación lo que lleva a que muchos se decanten por ser actor o actriz. Pero como toda profesión, se tiene que ir poco a poco, paso a paso, y la mejor manera de empezar es estudiando en escuelas de teatro. “Siempre les digo a mis alumnos que no se desesperen, que el ser actor es una carrera de fondo. Muchas veces los estudiantes tienen en mente que el éxito es el dinero o el salir en televisión. Pero no; muchos no salimos en televisión y podemos vivir de esto”, manifiesta Marissa Nolla, profesora de ortofonía y expresión oral de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza.

Escuela Municipal de Teatro. Fuente: MasterCultura

Tanto para Nolla como para Maria Amparo Nogués, profesora de CLOWN, pantomima y expresión corporal (y también directora de teatro), la asignatura de teatro en los colegios debería ser obligatoria. “En prácticamente todas las profesiones –explica Marissa Nolla-, o incluso cuando estás estudiando, te tienes que poner delante de un público. Es muy importante conocer conceptos básicos del teatro: saber expresarte verbal y corporalmente, y, sobre todo, saber mirar a tu público. Si esto se enseñara desde una edad temprana, no habría ningún problema”.

Para muchas personas, el teatro es “el trabajo fácil”, o a lo que se dedican los que no obtienen buenos resultados en el instituto. Maria Amparo Nogués explica que ella siempre intenta inculcar a sus hijos y a sus alumnos que sean lo que quieran ser en la vida. “Nadie conoce tus circunstancias ni tus pasiones; no importa lo que digan los demás”, aporta. Pero esto no lo piensan todos los padres y madres. “Cuando voy a recoger a mis hijos al colegio –continúa- se me acercan algunas madres y me dicen: ‘Mi hijo saca muy malas notas, creo que le voy a meter en lo tuyo’ (refiriéndose al teatro).

Antes me quedaba callada; ahora no. Les digo que el ser actriz es un trabajo muy duro y muy exigente”.

María Amparo Nogués explica que realmente descubrió la complejidad de emocionar al público cuando empezó a dirigir obras de teatro: “Es algo muy complicado, pero también te da mucha satisfacción ver como los actores entienden tu obra y consiguen conmover al público”. Eso sí, ante todo, prefiere la docencia. Ha rechazado muchas obras de teatro para poder dedicarse de pleno a sus estudiantes. “El teatro me complementa, pero mi verdadera pasión es enseñar a mis alumnos todo lo que yo sé. También intento instruirme yo por mi cuenta”, manifiesta.

Además de los profesores y de los actores del pasado y del presente, está el futuro, alumnos de todas las edades que quieren vivir un sueño y estudiar en la Escuela Municipal de Teatro. No importa cuándo; lo importante es que el teatro siempre tiene las puertas abiertas para todos los alumnos que quieran aprender, y, como dice Maria Amparo Nogués, “vivir”. En tres años les dan preparación, motivación e ilusión.

Tienen una pequeña sala, cuadrada, con paredes blancas y con dos sofás, donde los estudiantes de todos los años pueden conocerse entre ellos y socializar; así, también aprenden. Los profesores conocen a todos los alumnos y se preocupan por cómo les ha ido el día y por sus intereses. Son como una pequeña familia, una familia de actores y actrices.

– Los alumnos saben –explica Nogués- que tienen a sus compañeros y a los profesores para lo que necesiten. Nuestras puertas siempre están abiertas.

Jael Blasco Rubio, alumna de primero, se emociona al recordar que fueron sus padres los que la animaron a estudiar artes escénicas. “Para mí el teatro es todo. Recibo la magia como algo maravilloso. No ves al actor, ves a la persona a la que se está interpretando. Todo lo que pasa es asombroso. Te emocionas, vives lo que vive el personaje… y quiero llegar a transmitir esto al público”, explica. Sin duda, Jael tiene un duro trabajo por delante para poder cumplir este objetivo, pero su profesora de CLOWN confía en ella y en sus compañeros. “Con esfuerzo –manifiesta- y con mucho sacrificio, se puede conseguir lo que uno quiera”.

Hasta el último mes del primer año no se ponen delante del público. Pablo Ioridizaga, alumno de segundo, recuerda a la perfección qué sintió en ese momento. “Es una responsabilidad enorme por un trabajo que hay detrás. Hay que ser exigente y ofrecer un buen trabajo. Hay un punto de adrenalina, pero, al final, es un momento y hay que aprovecharlo. Es una mezcla de tirar del trabajo que has hecho y de la intensidad y de la exigencia que tienes encima del escenario. Pero hay que saber disfrutarlo”, explica.

Lo próximo que representará será al terminar el curso en el Teatro del Marcado. Están montando una pieza entre todos los compañeros y profesores que combina todos los géneros del teatro. “Esto te permite saber en qué tienes más habilidades y en qué tienes que trabajar más. Te saca de tu zona de confort”, aporta. Sin ninguna duda, está deseando volver a subirse encima de un escenario.

El aprendizaje, que no la ilusión, todavía es mayor a partir de tercero. El alumno Daniel Bellido explica que siempre se ha decantado por el teatro porque “la televisión y el cine le parecen muy fríos”. En su caso, otra de las razones que le motivó a estudiar artes escénicas fue su personalidad. Era una persona muy cerrada, que le costaba relacionarse con los demás; ahora es completamente diferente. “Pero ojo, esto puede que no sirva para todas las personas. En algunos casos puede hacer el efecto rebote. Hay gente muy reservada y esto les da miedo, y se pueden cerrar incluso más”, reconoce.

Los tres alumnos pueden ser muy diferentes entre sí, pueden tener inquietudes distintas, pero todos tienen algo en común: su pasión por el teatro, por interpretar a otras personas, por sentir y hacer sentir. Como explica Sigmund Freud en El malestar de la cultura, “la satisfacción de los instintos, precisamente porque implica tal felicidad, se convierte en la causa de intenso sufrimiento cuando el mundo exterior nos priva de ella, negándonos la satisfacción de nuestras necesidades”. Aquí está la magia de las artes escénicas.

Para muchas personas, en el teatro se encuentra esa liberación, esa satisfacción de los instintos del ser humano y sí, también la felicidad. Carlos Hipólito, que ha dedicado toda su vida al teatro, reconoce que la primera vez que se subió encima de un escenario supo que existía la magia: “Sentí una emoción muy especial que no ha desparecido. Sigo sintiendo ese pellizco que dicen los flamencos. Cuando pierda esa magia, dejaré el oficio, porque es lo que más me conmueve”.

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