Israel: conflicto, historia, contrastes y religión

Hemos crecido viendo en las noticias las devastadoras imágenes del conflicto palestino-israelí. Cuando era pequeña, recuerdo cómo me repetía a mí misma una y otra vez no pisar jamás aquellos lugares tan peligrosos. Supongo que todos lo pensamos cuando somos niños. Lo vemos como algo lejano, algo que, aquí en Occidente, no pasa. “Qué necesidad tendrá esta gente de estar en guerra”, pensamos. Y luego, cuando creces, te das cuenta de que realmente el conflicto no es tan lejano como parece. Que la guerra es mucho más que dos bandos peleando por ganar. Que hay por detrás intereses de terceros que agravan aún más la situación. Y que también se debe a la religión, a la historia, y a otros tantos motivos. Es tan grande lo que abarca este conflicto que entenderlo en su plenitud es una tarea muy, muy complicada. Esto me produce cierto nerviosismo. Pero viajar a Israel es algo que no puede hacerse todos los días, por lo que me propongo disfrutar al máximo el viaje.

Aterrizamos en el aeropuerto de Ben Gurión, el aeropuerto internacional de Tel Aviv. Estaba avisada de antes. Sabía que el control de seguridad iba a ser estricto y que probablemente tendría que someterme a un interrogatorio exhaustivo para que a los israelíes les quedase claro que no soy ninguna amenaza nacional. Me reúno con mis amigos, o compañeros de aventuras, como me gusta llamarles, y nos dirigimos hacia el control de pasaportes. Llaman a la gente de dos en dos para aligerar las filas, que cada vez acumulan más gente. Algunos están poco tiempo. Les entregan el documento que permite entrar en el país, les hacen cuatro preguntas y listo. Pero a otros los retienen incluso 20 minutos. 20 minutos en los que la persona encargada de que entres o no a Israel te pregunta cuestiones de todo tipo. Por fin, llega nuestro turno. Paso junto a uno de mis amigos. En primer lugar, observa nuestro pasaporte y nos entrega una especie de visado que permite la estancia en Israel. Esto es una alternativa al sello de toda la vida, porque países de Oriente Medio como Irán, Líbano o todos aquellos que alguna vez se han enfrentado a Israel, vetan la entrada a aquellos con un sello del país en el pasaporte. Ya tenemos el documento que nos permite seguir con nuestro viaje. Ahora, es el turno de las preguntas. El agente comienza con una pregunta simple: “¿Cuál es el fin de vuestro viaje a Israel?” La respuesta es clara: es un viaje de fin turístico con amigos. Las siguientes preguntas tiran por la misma dirección: ¿Qué lugares vais a visitar?, ¿Por cuánto tiempo vais a estar en el país? ¿Cuántas personas sois en total? Aunque, hay una que nos deja un poco sorprendidos: el agente nos pregunta si tenemos pensado cruzar la frontera con Palestina. En este tipo de preguntas, responder un “sí” puede derivar en un interrogatorio mucho más estricto.

Jerusalén: Ciudad Santa

Una vez superado el aeropuerto, ponemos rumbo a Jerusalén. Tenemos tan solo un día para verlo. El viaje es corto, y si queremos explorar más lugares no podemos retenernos mucho allí. Jerusalén es una ciudad en la que conviven las tres religiones monoteístas más influyentes: el islam, el cristianismo y el judaísmo. El estatus de la Ciudad Santa es un espejo del conflicto palestino-israelí y también uno de sus puntos clave. Tanto los judíos como los palestinos consideran Jerusalén su capital. En 1947, la ONU llevó a cabo el Plan de Partición, que dividía el histórico territorio palestino en un Estado árabe y otro israelí y dejaba Jerusalén bajo mandato internacional. Sin embargo, tras el primer conflicto palestino-israelí, la parte oeste de la ciudad quedó bajo control del Estado de Israel, que un año más tarde la designaría como su capital, mientras que la parte este permanecía bajo el control de Jordania. En 1967 una coalición árabe formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria se enfrentó a Israel en la Guerra de los Seis Días. El conflicto bélico terminó con Israel ocupando, entre otros territorios, la parte este de Jerusalén. En 1980, el estado israelí se anexionó Jerusalén este de forma unilateral, aunque su soberanía nunca ha sido reconocida por la comunidad internacional. En 1993 se celebraron los Acuerdos de Oslo, en los que el Gobierno israelí y la Organización para la Liberación de Palestina se reunieron para intentar buscar soluciones al conflicto. Este encuentro propició la creacion de la Autoridad Nacional Palestina, un gobierno autónomo provisional. Los Acuerdos de Oslo terminaron siendo un intento fallido de paz, como también lo serían los intentos que se dieron en los años posteriores. Es el caso del Camp David o la conferencia de Annapolis, con Estados Unidos de intermediario en ambas ocasiones. A pesar de los intentos, la paz entre palestinos e israelíes nunca ha llegado. Mientras tanto, Israel construye asentamientos y campa a sus anchas en Jerusalén este, territorio que todavía hoy siguen ocupando. La situación siempre ha sido tensa, pero aún lo fue más cuando en 2017 Estados Unidos, de la mano de Donald Trump, reconoció Jerusalén como capital de Israel siendo el primer país en hacerlo y rompiendo así el consenso internacional que había sido respetado por todos los países desde la creación del Estado de Israel en 1948.

Jerusalén es una ciudad grande, pero se resume principalmente en la Ciudad Vieja, un lugar amurallado en el que se reúne toda la historia de la ciudad. Entramos a ella por la Puerta de Jaffa. Una vez que pones un pie dentro, entras a un mundo completamente diferente y de repente deja de importarte todo aquello que sucede fuera de sus murallas. La Ciudad Vieja se divide tradicionalmente en el Barrio Judío, el Barrio Musulmán, el Barrio Cristiano y el Barrio Armenio. Esto supone que las sinagogas, las mezquitas y las iglesias se entremezclen entre sí y el turista puede de esta manera observar un choque de culturas brutal. Es sábado, el día de la semana más importante para el judaísmo. En el Shabat (su nombre en hebreo) los judíos no trabajan. Se visten con sus mejores galas y aprovechan el día para estar con la familia, para rezar y para descansar. Por las calles empedradas de la Ciudad Vieja pasean un montón de familias que se dirigen a las sinagogas. Pero, para el resto de habitantes de Jerusalén, el Shabat es un día como cualquier otro. Los negocios funcionan como de costumbre y los trabajadores se esfuerzan por atender a los miles de turistas que se acercan. La ciudad es una especie de caos ordenado en el que cada persona vive una vida completamente diferente a la de sus vecinos.

Ciudad Vieja Jerusalén
Una de las callejuelas de la Ciudad Vieja

Tras recorrer las estrechas calles de la ciudad, repletas de mercados y tiendecitas acogedoras, llegamos a Vía Dolorosa, uno de los recorridos con más historia. Según la Biblia, se trata del camino que recorrió Jesucristo con la cruz a sus espaldas camino de su crucifixión, después de que Poncio Pilato lo sentenciase a muerte. El recorrido finaliza en el Santo Sepulcro, considerado el lugar más sagrado del cristianismo. Según la tradición cristiana, fue aquí donde se produjo la crucifixión, sepultura y Resurrección de Cristo. Este templo se erige sobre el montículo Gólgota (también conocido con su nombre en latín, Calvario), y en su interior se encuentran elementos tan sagrados como la Piedra de la Unción, en la que fue ungido Jesucristo antes de su sepultura, y la mismísima tumba en la que fue enterrado. Nada más poner un pie dentro del Santo Sepulcro, me doy cuenta de que nunca he visto nada parecido. Ni siquiera algo que se le asemeje. Los allí presentes se pelean entre ellos para llegar primero a la Piedra de la Unción, se tumban encima de ella, la besan, depositan todo tipo de objetos (desde fotografías a peluches), no dejan que nadie les quite el sitio, las filas para observar el Sepulcro de Cristo son interminables y rezan a pleno pulmón mientras lloran y suplican a Jesucristo que cumpla sus plegarias. Nunca había vivido de aquella manera la fuerza de la religión y el efecto que esta puede llegar a tener en las personas.

Esta sensación se reafirma cuando llegamos al Muro de los Lamentos, vestigio del Templo de Jerusalén y lugar más importante del judaísmo. Al celebrarse el Shabat, el muro está repleto de creyentes. Nos toca separarnos, ya que hombres y mujeres deben entrar por separado. Los hombres deben ponerse una kipá (gorro que cubre total o parcialmente la cabeza y que es necesario para entrar a lugares de culto judíos) y deben acudir a la parte izquierda del muro. Existe para ellos una sala cubierta en la que pueden rezar en caso de lluvia. Esta sala no está disponible para las mujeres. En caso de precipitaciones, no les queda otra opción que mojarse. Enfrente del muro hay varias filas de sillas para sentarse mientras se reza. Hay unas 20 mujeres sentadas, pero el resto están de pie pegadas al muro. Me acerco, y conforme voy avanzando escucho cómo miles de voces se entremezclan entre sí. Alguna reza para sí misma, pero la mayoría lo hace en voz alta. Lo hacen en hebreo, por lo que no puedo entender qué dicen. Pero hay algo que puedo ver claro: son voces desesperadas, muchas gritan y lloran e incluso veo a alguna dándose cabezazos contra el muro. Es una imagen que se quedará para siempre en mi retina. Veo que hay miles de papelitos con frases escritas que la gente deposita en el muro. Me dispongo a dar la vuelta para volver hacia atrás con la intención de coger un papel y escribir algo, cuando noto que dos mujeres me miran con cierta indignación. Es ahí cuando recuerdo que una guía de un free tour con la que habíamos coincidido nos había dicho que cuando se vuelve atrás, hay que hacerlo sin dar la espalda al muro, ya que se trata de una falta de respeto. Inmediatamente, obedezco sus indicaciones. Cojo un papel y un bolígrafo y escribo la frase “society is unity in diversity”, del filósofo estadounidense George Herbert Mead. En un país como Israel, donde la paz parece no interesar, la sociedad necesita más que nunca sanar las heridas. Vuelvo a acercarme al muro, y deposito el papel en una de las pocas grietas que todavía quedan libres. Las mujeres de mi alrededor ni siquiera se inmutan. Están tan obcecadas con el rezo que parece no importarles nada más. Nos dirigimos hacia la salida, y algunos metros más atrás observo a dos niños que van acompañados de dos hombres con metralletas. Es una imagen impactante, pero dejaría de extrañarme con el paso de los días. En Israel es muy común ver a gente armada por la calle. Tanto militares como civiles.

Al Aqsa y muro de los lamentos
El Muro de los Lamentos con la cúpula de Al Aqsa de fondo

Hemos visitado ya los grandes templos del judaísmo y del cristianismo. Dos lugares sagrados, muy distintos, y que a su vez se encuentran a tan solo dos pasos. Esto es lo que tiene Jerusalén. La próxima visita es la Mezquita de Al-Aqsa, monumento más antiguo del Islam. Es el tercer templo más sagrado para esta religión, superado tan solo por el de Ka’ba en La Meca y por la mezquita del Profeta en Medina. Al-Aqsa es conocida también como la Cúpula de la Roca. En su interior, se encuentra la roca desde la que, según el Corán, Mahoma ascendió al cielo. Su cúpula de revestimiento dorado y su fachada decorada con azulejos hacen de este edificio una auténtica obra de arte y uno de los símbolos más emblemáticos de la ciudad. Su belleza puede observarse aún mejor desde el Monte de los Olivos, una colina con impresionantes vistas a la Ciudad Vieja. Está catalogada como una de las visitas imprescindibles de la ciudad, y al subir a ella comprendo perfectamente el porqué. La cúpula dorada de Al-Aqsa se alza sobre la Ciudad Vieja, que observada desde arriba parece una especie de laberinto de callejuelas estrechas rodeadas por murallas. Fue en el Monte de los Olivos donde supuestamente fue detenido Jesucristo para posteriormente ser juzgado y crucificado. Aquí pasó también gran parte de sus últimos días, y desde lo alto, tal y como aparece en el Evangelio Según San Lucas 19:41, lloró por la ciudad de Jerusalén, expresando así sus sentimientos más profundos. Tanto para los creyentes como para los no creyentes, este lugar tiene un aura especial. En sus faldas se encuentra el Jardín de Getsemaní, otro lugar importante en los últimos días de Jesucristo. Aquí, según San Lucas, oró la noche de su traición y, era tan grande su desesperación, que sudó gotas de sangre (Lucas 44-22:43).

En Jerusalén, hasta el más pequeño rincón está repleto de historia. Un día aquí ha sido suficiente para darme cuenta. Sin embargo, hasta el más pequeño rincón es también motivo de conflicto. Una ciudad sagrada e histórica, pero polémica y disputada a su vez. Solo hay una manera de entender el conflicto de Ciudad Santa: poner un pie en ella.

Masada y el Mar Muerto: dos auténticas maravillas

Segundo día. Siguiendo el plan establecido, nos dirigimos al Parque Nacional de Masada, en la frontera con Jordania. Masada es un macizo que se eleva a 450 metros sobre el nivel del Mar Muerto. En la cima se encuentra una meseta que sirvió a los judíos como fortaleza durante el asedio de los romanos. Fue Herodes el Grande, rey de Judea entre los años 37 y 4 a.C., quien ordenó su construcción. Herodes estaba aliado con los romanos, por lo que hasta el año 66 d.C., año en el que estalló la rebelión judía, la fortaleza de Masada estuvo habitada por una guarnición romana. Con el inicio de la rebelión, un grupo de rebeldes se apoderó del territorio y eliminó a los romanos. Dirigidos por Eleazar ben Yair, estos rebeldes pertenecían a un grupo radical denominado “los sicarios” debido al tipo de puñal que solían emplear, la sica. Este grupo tenía como objetivo liberarse del yugo romano y acelerar la venida del mesías. Dueños de Masada, modificaron la fortaleza a su antojo y acogieron a numerosos judíos que escapaban de los romanos. A su vez, llevaron a cabo una matanza sanguinaria que se saldó con más de 700 víctimas. Eran cumplidores de la Ley de Moisés, pero en una versión radical. A su modo de ver, esta les autorizaba a quitar la vida tanto a cualquier enemigo de Israel como a los compatriotas que no cumplieran sus exigencias de fidelidad a la Ley. A comienzos del año 73 d.C., los romanos comenzaron su asedio a Masada. Aunque los rebeldes intentasen por cualquier medio resistir los ataques, no pudieron con sus enemigos. Eleazar ben Yair, que se negaba a ser vencido por los romanos, persuadió a los suyos para quitarse la vida y así evitar la humillación que suponía una derrota. De esta manera, los judíos decidieron llevar a cabo un suicidio colectivo.

Masada
Parque Natural de Masada

Después de tantos años, todavía hay restos de lo que fue la fortaleza de Masada. Las vistas desde arriba son espectaculares. El Mar Muerto, un lugar que siempre había querido visitar, se abre a nuestros pies fundido en un paisaje desértico que parece de postal. Un sueño hecho realidad. Podría pasarme horas observando este paisaje. Tras recorrer la meseta y observar las ruinas que aún prevalecen de aquella fortificación que en su día ordenó construir Herodes, bajamos para poner rumbo al Mar Muerto. Nos montamos en los coches y llegamos a una especie de urbanización con hoteles que a priori parecen de lujo. Son edificios altos y modernos que se encuentran en medio de la nada, rodeados por el paraje desértico que observábamos desde lo alto de Masada. Cada hotel tiene un trozo privado de playa para el uso exclusivo de sus clientes. El resto de la playa es de uso público. Sentada en una tumbona mientras observo el paisaje de una de las playas del Mar Muerto, me doy cuenta de que pocas veces viviré algo así de nuevo. Si de verdad existe el Paraíso, debe ser algo parecido a esto.

El Mar Muerto es en realidad un lago endorreico. Su gran cantidad de sal hace que apenas haya vida en él y que podamos flotar sin hacer ningún esfuerzo. Hundirse es prácticamente imposible, por mucho que se intente. Me dejo caer en el agua y acto seguido una especie de corriente impide que me vaya hacia abajo. Es una sensación extraña. Se recomienda no bañarse durante más de 20 minutos, ya que la alta temperatura del agua y su elevada salinidad pueden resultar peligrosas.

Tel Aviv: progreso y contraste

La siguiente parada es Tel Aviv. Allí, nos alojamos en un hostel que es más bien algo parecido a una comuna hippie. Con solo poner un pie en la calle, puede observarse que esta ciudad es otro mundo completamente diferente. La zona comercial y financiera está repleta de rascacielos de corte moderno que comandan la ciudad desde lo alto. El contraste con lo visto en Jerusalén es evidente. Mientras Jerusalén da la sensación de volver al pasado, Tel Aviv parece una ciudad adelantada al año en el que nos encontramos. Es una ciudad diseñada para crear una sensación de progreso y tolerancia y esconder así la masacre en la que está involucrada el país. Por las calles de la ciudad ondean cientos de banderas LGTB y pueden encontrarse numerosos negocios gayfriendly. Sin ir más lejos, el hostel donde nos alojamos lo es. Esta metrópoli está considerada una de las capitales del colectivo, por lo que no es extraño ver tanto arcoíris.

Es una ciudad con mucho que ofrecer: la ciudad vieja de Jaffa es uno de los mayores atractivos turísticos. Se trata de la parte antigua de la ciudad y de una de las zonas más pintorescas. Actualmente es el lugar de residencia de numerosos artistas: pintores, escultores, escritores…algunos de ellos tienen las puertas de sus talleres abiertas al público. Jaffa destaca por su arquitectura antigua, calles empedradas y rincones llenos de arte y de historia. Nada que ver con los rascacielos y edificios progresistas de la zona financiera.

Tel Aviv
Vista de Tel Aviv desde el barrio de Jaffa

Las diferentes playas son otro de los atractivos de Tel Aviv. La más conocida es Hilton Beach, un lugar muy popular para las personas LGTB que además ofrece una amplia oferta de actividades: deportes acuáticos, bares o restaurantes. Además, hay otras como Banana Beach o Mezizim que son también muy conocidas y atraen cada año a miles de turistas.

Tel Aviv es una ciudad que nunca duerme. Cuenta con una gran vida nocturna y pueden encontrarse discotecas de todo tipo. También hay muchos bares de estilo alternativo que sirven de punto de encuentro para los jóvenes. En una ciudad con tanta vida, siempre hay algo que hacer.

Con Tel Aviv ponemos punto y final al viaje. Se trata, sin duda, de una de las mejores experiencias de mi vida. Impactante, enriquecedora y de la que he podido aprender muchas cosas. Israel puede resumirse en conflicto, religión, historia y contrastes. La tensión causada no sólo por la guerra con Palestina sino con otros países de Oriente Medio como Líbano o Irán puede palparse en el ambiente. La religión alcanza niveles de fanatismo que incluso pueden resultar peligrosos. La historia está presente en cada paso que se da, y el contraste entre cada uno de los rincones del país y entre cada una de las religiones que en él conviven es notorio. Han sido tan solo 4 días de viaje, pero lo vivido y aprendido aquí perdurará toda mi vida.

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