Gambas, regalos y familia al ritmo de “oh, oh, oh”

¡Oh, oh, oh! Días inolvidables, pero también interminables. Suena mi despertador (o más bien mi madre pidiendo ayuda para hacer la cena y comida de estos días) y me toca ponerme manos a la obra. Parece que fuéramos a invitar a media ciudad pero el rato que voy a pasar con ella y dedicando tiempo a todos, no se paga con dinero. Muy cursi, pero también muy real. Empiezan las cenas familiares en Navidad.

Gambas por aquí, empanadillas por allá, pásame la sal, ve a comprar vino, ayúdame con el postre, ya he encargado el segundo, ten cuidado no te manches, pon el fuego lento… Y un sin fin de frases que no paran de sonar entre las cuatro paredes de la cocina.  No he desayunado y ya he probado quince aperitivos distintos, cuatro pruebas de arroz con leche y cinco cucharadas de caldo. Muy rico nos está saliendo. 

Un rato después, toca ponerse “más guapos todavía”, quedar con el resto de la familia y felicitar la Navidad por todas las redes sociales. Sí, incluidos los típicos mensajes navideños de renos cantando, elfos personalizados y cartas de Papá Noel en las que te dice que “estás incluida en la lista mágica de niños buenos”.

Se me han roto las medias, pero mi madre me puede dejar otras. ¡Menos mal! ¿Cómo iba a cambiar mi outfit a última hora si están a punto de llamar al timbre mis tíos y primos? Solo me queda la colonia, hacerme algún rizo en el pelo y lista. 

En cuanto nos sentamos a cenar, todos nos ponemos al día. Intentamos dejar el móvil de lado, olvidarlo y dejar los mensajes para otro rato. Todos sabemos que esta Nochebuena tenemos que disfrutarla en familia y, aunque haya dos sillas vacías y mis amigas salgan de fiesta, los buenos ratos nos tienen que acompañar. Recordamos a los que se han marchado y pedimos que esta estampa familiar se repita al año que viene sin ninguna falta.

Toca seguir y mi tío siempre tiene los temas de conversación más absurdos. Los chistes malos reinan en el primer plato, las preguntas de “y tú no tienes pareja” caen (igual que el champán con el que brindar) y el ponerse al día en temas cotidianos, pasa. Además, empiezo a desabrocharme el pantalón y es que toda la comida que habíamos preparado, como es obvio, iba a ser más que suficiente. Supongo que la terminaremos mañana. 

Una vez que no comemos el postre porque no podemos más, damos paso (al ritmo de las galas de Nochebuena de TVE) al karaoke. Siempre suenan las mismas pero nunca mejoran nuestras voces: Resistiré, Dos hombres y un destino, High School Musical, Ave María, Cuándo tú vas, Un mundo ideal, Zapatillas… Eso sí, después de estas interpretaciones, volvemos a jugar al Pokino un año más. Elijo el cartón azul porque da suerte y, así, seguro que gano algo de dinero. Una partida, dos, tres, cuatro, dieciséis, treinta. Son las 2:30h y Papá Noel está al caer.

Decidimos irnos cada uno a nuestras casas, aunque es cierto que a mí solo me queda ponerme el pijama. Al día siguiente sabremos si hemos sido buenos, si algunas de las cosas que habíamos pedido están bajo el árbol y si se ha comido todo lo que le hemos dejado en la mesita del salón. ¿Qué habrá pasado?

No lo sé. Por ahora, buenas noches.

¡Oh, oh, oh! Las cenas familiares en Navidad solo acaban de empezar.

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